El Cazador de Dragones
Los hombres se removieron inquietos en la escarpada colina del volcán. Hacía calor y todos ellos se encontraban en peligro de que la montaña entrara en erupción, pero en esos momentos no temían a ese riesgo, sino a otro peor.
El jefe de los mercenarios, un tal Frazo, se adelantó y trepó hasta una gran roca en la que se encontraba Orión. Frazo titubeó antes de hablar, cosa normal, pues el aspecto del cazador de dragones era todo menos tranquilizador: piel oscura, pelo largo, fuertes y abultados músculos y semblante serio.
-S-señor –lo llamó.
Orión, ballesta en mano, se dio la vuelta y clavó sus oscuros ojos en el jefe de los mercenarios.
-¿Qué ocurre? –gruñó.
-Los hombres… tienen miedo, señor.
El cazador puso los ojos en blanco.
Había contratado a ese grupo de mercenarios de segunda en la ciudad más próxima a ese mismo volcán, Tross, para una peligrosa empresa, cuyo cometido no había revelado hasta el último momento. Les había hecho jurar que guardarían silencio, pues lo último que deseaba era que algún otro listillo le hiciera la competencia en esa caza, y luego les había contado sus planes a los aterrorizados mercenarios.
-Me da igual –repuso-, vuelve a tu puesto y espera mi señal.
-P-pero… ellos no rendirán igual con ese miedo en el cuerpo.
-¿Son palabras de aliento lo que pides? –rugió- Pues de mí no las obtendrás. Ve a tus hombres y diles que comprueben que los arpones estén listos. No existen palabras de aliento para los cobardes –añadió antes de que Frazo se diera la vuelta y se marchara.
Lo vio alejarse jugueteando con la empuñadura de su espada, nervioso y temeroso como los demás, pero no le importó. Él había pagado por sus servicios una gran cantidad de oro por adelantado y ahora les tocaba a ellos hacer su parte.
Orión alzó la vista al firmamento y contempló la esfera luminosa del astro rey que poco a poco se iba acercando a la fina línea del horizonte. Por oriente ya se podía ver la silueta de la luna llena, no muy definida por la luz de los rayos del sol, pero ahí estaba. Aunque era una tontería fijarse en la luna cuando todo su ser debía estar puesto en la dirección opuesta: hacia el sol. Este cada vez se encontraba un poco más cerca de su destino y Orión cada vez más cerca de su presa.
Ya falta poco –pensó-. Apenas un minuto.
Miró de reojo el cráter del volcán y fijó su mirada en el oeste.
-Cinco… -murmuró- cuatro…
El sol cada vez estaba más cerca del horizonte.
-Tres… dos…
En unos segundos tendría lugar su puesta y con ella…
-Uno…
El sol chocó contra la línea del horizonte y el cielo se tiñó de tonos rojizos y naranjas.
Orión volvió bruscamente la cabeza a la boca del volcán y apenas tuvo que esperar para ver a emerger de ella a la criatura que había estado esperando desde hacía tanto tiempo. Salió rápido como una flecha para fundirse con los colores del ocaso. Su enorme cuerpo estaba recubierto por brillantes escamas rojas. Sus enormes extremidades terminaban en imponentes garras de marfil capaces de destrozar cuanto se le pusiera delante. De su cabeza puntiaguda salían dos largos cuernos y su espalda estaba recorrida por esos mismos pinchos hasta el final de su larga cola. Se sostenía en el aire gracias a su par de grandes alas membranosas que lo convertían en una de las criaturas más rápidas del mundo.
Orión se permitió el lujo de contemplarlo con la satisfacción dibujada en la cara durante unos instantes. Ahí tenía a su amada presa, su dragón.
-¡Arponeros! –bramó- ¡FUEGO!
De entre los pedruscos de la irregular ladera salieron disparados enormes arpones sujetos con cuerdas por su extremo terminal al lanzador.
Contaban con la ventaja de la sorpresa, pero aún así el dragón pudo evitar a la mayoría de los proyectiles. Hubo uno que se le clavó limpiamente en el flanco izquierdo y otro le arrancó un trozo de membrana de un ala, lo que hizo enfurecer al sorprendido dragón. El animal prorrumpió en rugidos de frustración y vomitó enormes lenguas de fuego sobre el lugar desde cuál habían disparado los arpones. Un par de lanzadores sucumbieron ante el fuego y de ellos salieron varios hombres envueltos en llamas que se revolcaron entre gritos de dolor y pánico por el suelo.
Orión dejó escapar una maldición, apuntó al dragón con su ballesta y disparó. Una flecha normal, al igual que un arpón cualquiera, habría rebotado contra la escamada piel del animal o, como mínimo, le habría llegado a causar algún rasguño, pero Orión iba preparado. Se había ocupado personalmente de bañar las armas que iba a usar en aquella cacería en la misma agua con la que un hada hubiera tomado un baño antes. Ese pequeño ritual hacía que aquel metal fuera incluso más duro que las escamas de un dragón. Y por ello la flecha que Orión disparó se clavó certeramente en la garganta del dragón. Justo en el mismo instante en que otra descarga de arpones tenía lugar.
El dragón se arrancó con sus garras y mandíbulas los arpones que le atravesaban el cuerpo, pero no puedo hacer lo mismo con la flecha del cazador. Esta era demasiado pequeña, y se le había clavado en la garganta, con lo cual no podía ver de ella más que las plumas de cisne cuando doblaba la cabeza en un ángulo extraño. Los esfuerzos por librarse de esa maldita flecha que lo iba asfixiando poco a poco le hicieron perder la concentración en su vuelo defensivo, por lo que, cuando una tercera descarga de arpones fue disparada, el dragón ejecutó una difícil maniobra de esquive y cayó ladera abajo aterrizando torpemente entre los árboles de un tupido bosque del pie del volcán.
Los mercenarios miraron con una mezcla de curiosidad y temor el punto en el que el dragón había caído. Algunos comenzaron a celebrar el éxito de su cacería y el que aún conservaran la vida, pero Orión sabía que la cosa aún no había terminado. Se cargó la ballesta al hombro y se lanzó ladera abajo. Cuando llegó a la altura de los lanzadores se detuvo a recargar su carcaj apresuradamente.
-¿A dónde va con tanta prisa? –preguntó Frazo, el cual tenía la mitad del cuerpo quemado por las llamas del dragón-. Esa bestia infernal ya está muerta.
-Un dragón no muere fácilmente –le espetó Orión-. Y otra cosa –dijo deteniéndose en seco y clavándole el dedo índice en el pecho-, ese ser tiene mucho menos de bestia de lo que tienes tú.
Y sin decir más emprendió una frenética carrera por la ladera del volcán dejando atrás a Frazo y los demás mercenarios. Bajaba haciendo eses o saltando de peñasco en peñasco. Cuando caía rodando se levantaba magistralmente y seguía corriendo sin apartar la vista de su camino y del lugar en el cual había caído el dragón. Más pronto de lo que habría cabido esperar, Orión se encontró con los primeros árboles. No eran tan tupidos como los que había en el corazón del bosque, pero sus copas eran bastante frondosas.
El cazador se internó en el bosque y corrió entre los árboles mientras cargaba su ballesta con una nueva flecha. Esperaba no tener que utilizarla, pero nunca se sabía tratándose de un bosque tan extenso y plagado de magia. Recorrió zonas por las que las ramas de los árboles no dejaban que los últimos resquicios de los rayos del sol pasaran y construían grandes túneles vegetales. Orión, orientándose por la memoria, se dirigió hacia donde recordaba haber visto caer al dragón, y no se equivocaba. Tirado de cualquier manera sobre troncos derribados de árboles se hallaba el magnífico ejemplar. Era de tamaño mediano y tenía los ojos anaranjados. Respiraba acompasadamente y por los orificios de su nariz salían de vez en cuando pequeñas nubes de humo.
-Aquí estas –dijo Orión echándose la ballesta al hombro y contemplando al dragón con seriedad.
Aquí estoy –dijo el dragón proyectando este pensamiento en la mente del cazador- ¿Has venido a terminar tu trabajo, asesino?
-Tú lo has dicho –afirmó este-. Pero no me llames asesino.
¿Cómo sino he de llamar a quién mata a mis congéneres por dinero o puro placer?
-Prefiero el nombre de cazador.
Pues bien, cazador –dijo con serenidad-. Haz lo que has venido ha hacer y líbrame de este inútil sufrimiento.
-¿Por qué tanta prisa? –preguntó apoyándose en el tronco del árbol más cercano-. Otros como tú no pensaron en otra cosa que en maldecirme infinitas veces antes de perder la vida.
Y tú estás orgulloso de ello, ¿no?
Orión le dedicó una media sonrisa.
-Siempre me han interesado los dragones. Sois una especie mágica y legendaria.
Nos admiras y nos matas.
-Es la misma táctica que tu raza usa con sus comidas. ¿Me equivoco?
No es lo mismo, nosotros lo hacemos para sobrevivir.
-¿También el dragón negro de Rumay?
El dragón giró la cabeza, lo que hizo que una rama que tenía al lado del cuello se partiera con un sonoro chasquido, y la flecha se le clavara un poco más.
¡Mátame ya! –suplicó con los ojos llorosos.
Orión asintió. Dejó la ballesta en el suelo y se aproximó al dragón desenvainado su espada. La agarró con las dos manos y apoyó la punta en la nuca del dragón.
-Ve con los tuyos –dijo simplemente.
Me esperan desde siempre –contestó el dragón débilmente.
Orión alzó la espada y la clavó en la nuca del dragón atravesando limpiamente las brillantes escamas y salpicando sangre roja sobre la fresca hierba. El dragón tuvo una convulsión y cerró los ojos para no volver a abrirlos jamás.
El cazador arrancó la espada del cadáver, limpió su filo en la piel del dragón y volvió a envainarla. Alzó la vista y le sorprendió ver el oscuro cielo plagado de estrellas y coronado por una enorme y resplandeciente luna llena que iluminaba la tierra con su luz fantasmagórica.
¡PLUM!
Una fuerte explosión resonó en el valle. Orión dirigió su mirada hacia la montaña y vio una densa nube de humo negro que salía del cráter del volcán.
Ha entrado en erupción –se dijo.
-En fin –suspiró recogiendo su ballesta del suelo-, a veces ocurre.
Y se internó en el bosque, en dirección contraria al volcán. Que cada uno se buscara la vida, su tarea en ese lugar ya había terminado. ¿Qué sentido tenía permanecer ahí más tiempo?
Pobres mercenarios –fue su último pensamiento cuando, estando ya en la salida del valle, echó la vista atrás y vio cómo el bosque comenzaba a perecer bajo los ríos de lava que escupía el despiadado volcán.
Adarea Dorou
Bueno, espero que os haya gustado! Un saludo y hasta la próxima actualización!! Y gracias a Adarea por dejarme colgar este relato tan maravilloso^^